Pablo Milicua está trabajando actualmente en la ensayo- novela collage arte y digestión de la que ofrecemos un fragmento , inicio de el capitulo tercero – La Salvación de Andy.


Fríos haces de luz blanca iluminaban las naves de la catedral de San Patricio durante el oficio matinal en aquel helado día de cuaresma. Salvador dalí se arrebujó en su abrigo de auténtica piel de leopardo. Hojeaba distraidamente un pequeño misal que camuflaba una edición de época del Justine del Marqués de Sade, iluminada con ilustraciones pornográficas de deliciosa naivité mientras oía como música de fondo la salmodia del mecánico oficio del cura irlandés, intentando así provocarse un cierto estado de excitación que le condujera a un suave éxtasis místico en el momento de la comunión.
Pero no se concentraba. Su estómago en ayunas le molestaba con un sordo ardor, achacable a la adulteración del champagne presuntamente francés del que había abusado en la cena de la noche anterior. Cerró los ojos encomendándose a Santa Teresa. Imaginó a la santa según el modelo del éxtasis de Bernini, arrojada por los suelos. Los faldones de su hábito se arremolinaban dejando descubiertos sus bellos muslos femeninos enfundados en relucientes medias de cristal. Y en el liguero...ese broche: la mosca de oro y esmeraldas. Pero no conseguía visualizarlo con la nitidez suficiente para conseguir cierto arrobamiento, ¿ acaso fallaba en algo su aparato místico paranoico de delirante neocatolicismo? ¿que le separaba de la santidad? Algo le molestaba se sentía observado.
Abrió los ojos. Apenas un puñado de madres de policía dispersas por los bancos casi vacíos de la iglesia ante él. Con disimulo, volvió imperceptiblemente la cabeza dirigiendo la mirada sobre su hombro derecho. Ahí estaban.
Una mujer menuda, de edad mediana pero aspecto de ser intemporalmente anciana, le miraba fijamente desde detrás de sus gafas de concha sonriéndole beatíficamente. Escudándose tras ella, a su lado, un joven que parecía su clon le lanzaba intensas miraditas furtivas.
Les había visto antes. El joven había llamado especialmente su atención. Aparte de ser el único varón no entrado en años que frecuentaba aquellas desérticas misas, su aspecto deplorable le causaba una mezcla de repulsión y ternura.
Era un tipo escuchimizado con enormes gafas. Su pelo grasiento y ralo era extrañamente incoloro, como su piel macilenta y sebácea, con el rostro cruelmente horadado por las erupciones de un acné persistente. Una nariz bulbosa, similar a la de un payaso pero mortecinamente blancuzca, contradecía la flaccidez general que emanaba de su figura.
Dalí sabía por su actitud que desde el primer momento le había reconocido, manteniéndose apartado con visible timidez. Pero el espionaje de esta mañana comenzaba a enojarlo
.aferró su bastón de mango de marfil y dejó que una santa cólera le inundara por haber sido turbado en su recogimiento. Se puso en pie y se deslizó ceremoniosamente por la fila de bancos hasta quedar frente a la pareja.
- Joven, acompáñeme.
El joven pálido empalideció aún más y se incorporó titubeando de tal forma que hubiera caído torpemente si la mano de la mujer anciana no lo hubiera apoyado suave pero firmemente, empujándolo a seguir al airado Dalí. Este se desplazó hasta la nave lateral, parándose bajo un chorro de fría luz que se filtraba por los ventanales, mientras el patético joven caía temblando ante él, apoyando su espalda en un confesionario.
-¿Quien es usted? ¿Qué quiere de mí? – preguntó el pintor.
La voz aflautada y afeminada del joven sonó especialmente chillona por efecto de el miedo al responder:
- Me llamo Andrew, ella es Julia Warhola, mi madre.
- Eres un niño que viene a misa con mamá. Te llamas Andy.
- Si, si...muy bien...soy dibujante...diseñador gráfico...me dieron un premio... he hecho escenografías...obras de teatro...de aficionados...tengo una exposición en una librería...Serendipity...
- ¿ Serendipity? Eso es un antro de sodomitas,¿Tú...?
- Si.
La cólera de Dalí se desvanecía. Había algo tan blando en la actitud humilde del marica blancuzco que hacía pensar en la mantequilla. Y lo que más deseaba el vacío estómago de Salvador Dalí era una tostada con mantequilla. Lo miró y deseó untarlo en una rebanada de pan y engullirlo. Un suave afecto se apoderó de él.
Los ojos llorosos de Andy brillaron con una repentina determinación y se elevaron por primera vez hasta los de Salvador.
- Quiero ser artista.
- Me lo temía.
- Vengo de Pittsburg , una horrible ciudad de provincias. De una familia pobre. Soy feo. Y quiero ser famoso. Como tú. Ayúdame. Sálvame de la mediocridad. ¿Qué tengo que hacer?
El deseo de abofetear a aquel merengue, reprimido por hallarse en suelo sagrado, estaba dando paso a una emoción totalmente desconocida para el corazón del catalán: la compasión.